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Em diuen Carles Alòs i sóc un apàtrida. Aquest blog serà un viatge pels indrets més amagats de l'ànima, per les emocions més intenses i pel viure quotidià de cada dia. Agafen cadira i seguen, de la resta, jo m'encarregue,
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dijous, 19 de gener del 2017

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA






Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.


6 Nov 1937

César Vallejo

dijous, 10 de novembre del 2016

ODA A CÉSAR VALLEJO






A la piedra en tu rostro,
Vallejo,
a las arrugas
de las áridas sierras
yo recuerdo en mi canto,
tu frente
gigantesca
sobre tu cuerpo frágil,
el crepúsculo negro
en tus ojos
recién desencerrados,
días aquéllos,
bruscos,
desiguales,
cada hora tenía
ácidos diferentes
o ternuras
remotas,
las llaves
de la vida
temblaban
en la luz polvorienta
de la calle,
tú volvías
de un viaje
lento, bajo la tierra,
y en la altura
de las cicatrizadas cordilleras
yo golpeaba la puertas,
que se abrieran
los muros,
que se desenrollaran
los caminos,
recién llegado de Valparaíso
me embarcaba en Marsella,
la tierra
se cortaba
como un limón fragante
en frescos hemisferios amarillos,
te quedabas
tú
allí, sujeto
a nada,
con tu vida
y tu muerte,
con tu arena
cayendo,
midiéndote
y vaciándote,
en el aire,
en el humo,
en las callejas rotas
del invierno.

Era en París, vivías
en los descalabrados
hoteles de los pobres.
España
se desangraba.
Acudíamos.
Y luego
te quedaste
otra vez en el humo
y así cuando
ya no fuiste, de pronto,
no fue la tierra
de las cicatrices,
no fue
la piedra andina
la que tuvo tus huesos,
sino el humo,
la escarcha
de París en invierno.

Dos veces desterrado,
hermano mío,
de la tierra y el aire,
de la vida y la muerte,
desterrado
del Perú, de tus ríos,
ausente
de tu arcilla.
No me faltaste en vida,
sino en muerte.
Te busco
gota a gota,
polvo a polvo,
en tu tierra,
amarillo
es tu rostro,
escarpado
es tu rostro,
estás lleno
de viejas pedrerías,
de vasijas
quebradas,
subo
las antiguas
escalinatas,
tal vez
estés perdido,
enredado
entre los hilos de oro,
cubierto
de turquesas,
silencioso,
o tal vez
en tu pueblo,
en tu raza,
grano
de maíz extendido,
semilla
de bandera.
Tal vez, tal vez ahora
transmigres
y regreses,
vienes
al fin
de viaje,
de manera
que un día
te verás en el centro
de tu patria,
insurrecto,
viviente,
cristal de tu cristal, fuego en tu fuego,
rayo de piedra púrpura.


Pablo Neruda Odas elementales Cátedra (1982)


dissabte, 11 de juny del 2011

Masa.



Al fin de la batalla,
y muerto ya el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: "No mueras, te amo tanto!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
"No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate, hermano!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

César Vallejo. España, aparta de mi este cáliz. (1937)

dimecres, 16 de febrer del 2011

Quadern de 1962 ( fragments)

Us deixe aquest poema que sempre m'ha sobtat una mica. Se'm fa estrany que es conegueren Estellés, Vallejo i Neruda, no sé si és un recurs literari, però si fos així no crec que ho diguera de una manera tant explícita. És curiós, jo a Neruda també li he vist sempre cara de peix. M'ha cridat l'atenció allò de la mort de Martínez Ferrando, he trobat que muigué d'una tranfussió de sang, quina llàtima.

Aquest poema pense que no és molt conegut, però sí, existeix un Estellés més enllà d'assumiràs la veu d'un poble i els amants. Molt bonica la familiaritat Neruda - Estellés i la imatge del calcetí. Espere que us agrade.



de vegades també arribava neruda, mirava
l'un costat i l'altre amb aquells ulls de peixot
sota la seua gorra es seia en el divan mira-
va encara amb certa cautela. no pots fiar-te
mai em deia agafant-me del braç. jo ho com
prenia tot i ho disculpava tot, ell es treia
d'una butxaca una primera edició de queve-
do i una segona edició de fray luís de león i 

es treia encara més papers per exemple la
partida baptismal de jorge manrique uns
originals il.lícits de góngora a la mort del
conde de villamedina coses totes absoluta-
ment interdictes llavors. en uns gots aculats
d'un vidre d'a dit bevia el vi negre mentre
jo llegia les tèrboles línies amargament llu-
nyanes. en establir-se un cert ambient de
confiança es treia un calcetí i improvisava
una oda elemental mentre el dit gros del peu
descalç sobresortia indòmit, són coses de
la guerra què t'he de dir tu ja m'entens i
mut.
el meu pis al costat de la caserna ( no sé si
tu l'has vist) és un pis molt modest però
al balcó arriben els arbres del carrer. pense
en la mort atroç de martínez ferrando. m'a-
gradaria rebre com era abans costum la visi-
ta de césar vallejo però césar vallejo s'ha
mort definitivament amb la publicació de la
seua obra completa amb notacions i tota la
bíblia. césar vallejo quantes quantes memò-
ries de pus de semen de gargalls i vitralls
de pedres i remotes paraules familars. a tu
el meu homenatge sols a tu únicament a tu
pur impur adorable. els teus versos m'arri-
ben com les telles remotes del <<mort i pam >>
de la meua infantesa. et recobre i em salve
césar vallejo. deixe el teu nom ací al darrer
poema amb un amor que mai no s'entendrà.
els crítics faran possiblement al seu temps
les seues crítiques. jo sé bé quant et dec i
t'ho pague de moment amb aquest còdol que
diposite damunt la taula una abrupta pedra
de via però en la qual tu m'entens toque
mare i em basta. a mamar tots els versos a
prendre vent tota l'ars poètica. 

Vicent Andrés Estellés.

dissabte, 27 de novembre del 2010

Los heraldos negros.



Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

César Vallejo. Los heraldos negros (1918).