La meva foto
Em diuen Carles Alòs i sóc un apàtrida. Aquest blog serà un viatge pels indrets més amagats de l'ànima, per les emocions més intenses i pel viure quotidià de cada dia. Agafen cadira i seguen, de la resta, jo m'encarregue,

dimecres, 30 de març de 2011

Assaig de càntic en el temple.

M'havera no haver posat mai aquest poema al blog, però el poema em recorda irremeiablement a la meua covarda,vella, salvatge terra, el poema i també el terrible vers d'Estellés " la gent crida i crema un llibre". Terra on llegir sembla  que estiga prohibit i tenir inquietuts culturals un pecat, però, al capdavall, proporcions guardades, morirse no es lo mejor que deia Pere Quart parafrasejant a Antonio Machado, sinó acceptar que aquesta covarda, vella, salvatge pàtria, petita pàtria sempre serà la meua.





Oh, que cansat estic de la meva
covarda, vella, tan salvatge terra,
i com m’agradaria allunyar-me’n,
nord enllà,
on diuen que la gent és neta
i noble, culta, rica, lliure,
desvetllada i feliç!
Aleshores, a la congregació, els germans dirien
desaprovant: “Com l’ocell que deixa el niu,
així l’home que se’n va del seu indret”,
mentre jo, ja ben lluny, em riuria
de la llei i de l’antiga saviesa
d’aquest meu àrid poble.
Però no he de seguir mai el meu somni
I em quedaré aquí fins a la mort.

Car sóc també molt covard i salvatge
i estimo a més amb un
desesperat dolor
aquesta meva pobra, bruta, trista, dissortada pàtria.

Salvador Espriu.

dilluns, 28 de març de 2011

A l'entrada del temps clar

Us deixe aquest poema tant bonic i sobretot la versió musicada, tant fresca tant viva, tant plena de joia...al remat, supose, tant primaveral.

BENVIGUDA, PRIMAVERA



A l'entrada del temps clar, eya
Per jòia recomençar, eya
E per jelòs irritar, eya
Vòl la regina mostrar
Qu'el'es si amorosa
A la vi', a la via, jelòs,
Laissatz nos, laissatz nos
Balar entre nos, entre nos.
El' a fait pertot mandar, eya
Non sia jusqu'a la mar, eya
Piucela ni bachalar, eya
Que tuit non vengan dançar
En la dansa joiosa.
A la vi', a la via, jelòs,
Laissatz nos, laissatz nos
Balar entre nos, entre nos.
Lo reis i ven d'autra part, eya
Per la dança destorbar, eya
Que el es en cremetar, eya
Que òm no li vòlh emblar
La regin' aurilhosa.
A la vi', a la via, jelòs,
Laissatz nos, laissatz nos
Balar entre nos, entre nos.
Mais per nïent lo vòl far, eya
Qu'ela n'a sonh de vielhart, eya
Mais d'un leugièr bachalar, eya
Qui ben sapcha solaçar
La dòmna saborosa.
A la vi', a la via, jelòs,
Laissatz nos, laissatz nos
Balar entre nos, entre nos.
Qui donc la vezés dançar, eya
E son gent còrs deportar, eya
Ben pògra dir de vertat, eya
Qu'el mont non aja sa par
La regina joiosa.
A la vi', a la via, jelòs,
Laissatz nos, laissatz nos
Balar entre nos, entre nos.
Anònim. SXII







divendres, 25 de març de 2011

La mala reputación.



En mi pueblo sin pretensión
Tengo mala reputación,
Haga lo que haga es igual
Todo lo consideran mal,
Yo no pienso pues hacer ningún daño
Queriendo vivir fuera del rebaño;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Todos todos me miran mal
Salvo los ciegos es natural.

Cuando la fiesta nacional
Yo me quedo en la cama igual,
Que la música militar
Nunca me pudo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
Que el de no seguir al abanderado
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Todos me muestran con el dedo
Salvo los mancos, quiero y no puedo.

Si en la calle corre un ladrón
Y a la zaga va un ricachón
Zancadilla doy al señor
Y he aplastado el perseguidor
Eso sí que sí que será una lata
Siempre tengo yo que meter la pata
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Tras de mí todos a correr
Salvo los cojos, es de creer.

Ya sé con mucha precisión
Como acabará la función
No les falta más que el garrote
Pa' matarme como un coyote
A pesar de que no arme ningún lío
Con que no va a Roma el camino mío
Que a le gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Que a le gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Tras de mí todos a ladrar
Salvo los mudos es de pensar.

Georges Brassens.





dimecres, 23 de març de 2011

Andaluces de Jaén.

LA TERRA ÉS DE QUI LA TREBALLA.




Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

Miguel Hernández. Vientos del pueblo ( 1936 - 1937)

diumenge, 20 de març de 2011

Y aquella tarde...



Y aquella tarde que fui al ballet ruso. Mi padre me llevaba de
la mano. Su risa se parecía a la muerte. ¿ O era él quien se pare-
cía a la muerte ? Las cenizas de la marihuana son blancas.
Esto, claro, no se aprende en la escuela.

Leopoldo María Panero. Así se fundó Carnaby Street. ( 1970 )

dimecres, 16 de març de 2011

Canción humilde y arrogante.



Además de hermosos recuerdos
que aún me excitan y me commueven
cuando visitan mi retiro angosto,
unos cuantos errores
y acaso alguna inadvertida infamia
son la cosecha que arranqué a mis años,
dedicados de modo frenético y humilde
al amor carnal de mujer.

Si es que ha de ser evaluado,
este granero ofrecerá a quien tase
sucesos tal vez dignos de castigo
y otros acaso no indignos de envidia:
no faltará quien siente o sufra
por ambas causas un patético odio
o una piedad perversa, digna a su vez de lástima.

Tanto sobre mi horror como sobre mi gloria
muy pocos valedores me traerán estos tiempos.
Se vive poco, se duda poco, se ama poco.
No espero ayuda, nada espero, nada.
La libertad era también
esta pobre pensión, estas parades,
esta música hermana que trae luz en la noche
y estos queridos libros por el suelo del cuarto.

Solitario, evocando ese que fui, y que soy,
con la ternura que si fuera otro
o como si tocara despacio mi cabeza
incorporado hacia mí mismo
desde el lecho de la agonía,
comprendo bien que todo este silencio,
esta pobreza que bastante ofrece
y esta segregación tan rica de memoria
son ya los abogados de mi vida.

A nadie atañe celebrar la dicha
con que me dieron mundo las mujeres
y nadie habrá de disculpar el daño
que mi fiebre pudiera haber hecho algún día.
A amor y error las gentes
suelen poner de nombre culpa.
Su moral se lo pague.

Pero yo sí, yo estoy en deuda
conmigo, con mi cuerpo, con mis manos,
con un cierto coraje en que he vivido
y que es visible incluso
a la oblicua mirada de quienes me desprecian,
con el coraje que también tuvieron
las hembras que hoy me olvidan o me evocan,
con el milagro de los solos juntos,
con la brasa de los amores ateridos
y el inmortal candor de la lascivia,
con la felicidad, con el dolor, con todo.

Por eso en este cuarto en que estoy solitario
rememoro esta noche con pródiga avaricia
todo cuanto he vivido y cuanto he muerto
desde la carne múltiple y sagrada,
y brindo con un vaso de vino ante mi sombra
y humildemente lleno de orgullo y sol mi vida
y doy un beso a todas las mujeres del mundo
mientras estoy resucitando.

Félix Grande. Las Rubáiyátas de Horacio Martín. 1978.

dimarts, 15 de març de 2011

Iglesia abandonada ( Balada de la gran guerra)

Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos.
Le vi jugar en las últimas escaleras de la misa
y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la luna y luego
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos.
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
y vi las cabañas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mío!,
cuando el sacerdote levanta la mula y el buey con sus fuertes brazos,
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso,
yo no temería el sigilo de los caimanes,
ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por cl tropel de los regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
pero en el centro de la misa yo romperé el timón y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
él tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
que no era más que suyo, porque era su hijo!
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!

Federico García Lorca. Poeta en Nueva York  (1929 -1930).

diumenge, 13 de març de 2011

No sirves para nada.

Cuando yo era pequeño
estaba siempre triste
y mi padre decía
mirándome y moviendo
la cabeza: hijo mío
no sirves para nada.

Después me fui al colegio
con pan y con adioses
pero me acompañaba
la tristeza. El maestro
graznó: pequeño niño
no sirves para nada.

Vino luego la guerra
la muerte -yo la vi-
y cuando hubo pasado
y todos la olvidaron
yo triste seguí oyendo:
no sirves para nada.

Y cuando me pusieron
los pantalones largos
la tristeza en seguida
cambió de pantalones.
Mis amigos dijeron:
no sirves para nada.

En la calle en las aulas
odiando y aprendiendo
la injusticia y sus leyes
me perseguía siempre
la triste cantinela:
no sirves para nada.

De tristeza en tristeza
caí por los peldaños
de la vida. Y un día
la muchacha que amo
me dijo y era alegre:
no sirves para nada.

Ahora vivo con ella
voy limpio y bien peinado.
Tenemos una niña
a la que a veces digo
también con alegría:
no sirves para nada.

José Agustín Goytisolo. Salmos al viento. (1980)


dissabte, 12 de març de 2011

Garcilaso 1991.



Mi alma os ha cortado a su medida,
dice ahora el poema,
con palabras que fueron escritas en un tiempo
de amores cortesanos.
Y en esta habitación del siglo XX,
muy a finales ya,
preparando la clase de mañana,
regresan las palabras sin rumor de caballos,
sin vestidos de corte,
sin palacios.
Junto a Bagdad herido por el fuego,
mi alma te ha cortado a su medida.

Todo cesa de pronto y te imagino
en la ciudad, tu coche, tus vaqueros,
la ley de tus edades,
y tengo miedo de quererte en falso,
porque no sé vivir sino en la apuesta,
abrasado por llamas que arden sin quemarnos
y que son realidad,
aunque los ojos miren la distancia
en los televisores.

A través de los siglos,
saltando por encima de todas las catástrofes,
por encima de títulos y fechas,
las palabras retornan al mundo de los seres vivos,
preguntan por su casa.

Ya sé que no es eterna la poesía,
pero sabe cambiar junto a nosotros,
aparecer vestida con vaqueros,
apoyarse en el hombre que se inventa un amor
y que sufre de amor
cuando está solo.

Luis García Montero. Habitaciones separadas. 1994

divendres, 11 de març de 2011

La fotografia.



Este señor insistente, conciente de su poder,
me dice: relájese, mire a través de la ventana,
coja el libro, finja que lo lee, perfecto.

Más tarde, en su laboratorio, después de que la luz
imprima el papel fotográfico
empezaré a asomar tenuemente, lentamente
en la bandeja del ácido revelador.
Este señor me llamará con los sortilegios de su oficio
y yo apareceré
como él espera que aparezcan todos los poetas:
maricas mirando en lontananza
o angelotes ensimismados en las bellas letras.

¿Y si en la soledad del laboratorio, de pronto,
sonara la voz de otro poder, más terrible,
y me ordenara
que no me detenga en mis facciones, que siga
revelándome
sin detenerme
hasta mostrar las simas de mi carne, mis células,
mi entramado más íntimo?

¿Sólo el pálpito inicial de donde vine
quedará temblando sobre el papel negro?


José Watanabe. Banderas detrás de la niebla. 2006.

dimecres, 9 de març de 2011

A veces



A veces
alguien te sonríe tímidamente en un supermercado
alguien te da un pañuelo
alguien te pregunta con pasión qué día es
hoy en la sala de espera del dentista
alguien mira a tu amante o a tu hombre con envidia
alguien oye tu nombre y se pone a llorar.

A veces encuentras en las páginas de un libro
una vieja foto de la persona que amas
y eso te da un tremendo escalofrío
vuelas sobre el Atlántico a más mil kilómetros
por hora y piensas en sus ojos y en su pelo
estás en una celda mal iluminada y te acuerdas de un día luminoso
tocas un pie y te enervas como una quinceañera
regalas un sombrero y te pones a dar gritos.

A veces una muchacha canta y estás triste y la quieres
un ingeniero agrónomo te saca de quicio
una sirena te hace pensar en un bombero o en un equilibrista
una muñeca rusa te incita a levantarle las faldas a tu prima
un viejo pantalón te hace desear con furia y con dulzura a tu marido.

A veces explican por la radio un historia ridícula
y recuerdas a un hombre que se llama Leopoldo
disparan contra ti sin acertar y huyes pensando en tu mujer y tu hija
ordenan que hagáis esto o aquello
y enseguida te enamoras de quien no hace ni caso
hablan del tiempo y sueñas en una chica egipcia
apagan lentamente las luces de la sala y ya buscas la mano de tu amigo.

A veces esperando en un bar a que ella vuelva
escribes un poema en una servilleta de papel muy fino
hablan en catalán y quisieras de gozo o lo que sea morder a tu vecina
subes una escalera y piensas que sería bonito que el chico que te gusta te violara antes del cuarto piso
repican las campanas y amas al campanero
o al cura o a Dios si es que existiera
miras a quien te mira y quisieras tener todo
el poder preciso para mandar
que en ese mismo instante se detuvieran todos los relojes del mundo.
A veces
sólo a veces gran amor.


José Agustín Goyitisolo. A veces gran amor.

dissabte, 5 de març de 2011

Historia de la transformación.

Fue primero un trastorno

una lesiva abstinencia de niña éramos pobres y no tenía ni aquello

raquítica de mí depauperada antes de yo amargor carente una

parábola de complejos un síndrome un fantasma

(Aciago a partes iguales echarlo en falta o lamentarlo)

Arrecife de sombra que rompe mis collares.

Fue primero una branquia evasiva que

no me quiso hacer feliz tocándome con su soplo

soy la cara más común del patio del colegio

el rostro insustancial que nada en nada siembra

lo tienes o no lo tienes renuncia acostúmbrate traga eso

cuervos toldando nubes una condena de frío eterno

una paciente galerna una privada privación

(niña de colegio de monjas que fui salen todas

anoréxicas o lesbianas la

letra entra con sangre en los codos en las cabezas en las

conciencias o en los coños).

Cerré los ojos y empecé a desear con todas mis fuerzas

lograr de una vez por todas convertirme en la que era.



Pero la belleza corrompe. La belleza corrompe.

Arrecife de sombra que gasta mis collares.

Vence la madrugada y la garganta contiene un presagio.

¡Pobre bobita!, te obsesionaste con cubrir con cruces en vez de

con su contenido.

Fue un lento y vertiginoso brotar de flores en invierno

Los ríos saltaban hacia atrás y se resolvían en cataratas rosas

lamparillas y caracoles me nacieron en los cabellos

La sonrisa de mis pechos dio combustible a los aeroplanos

La belleza corrompe

La belleza corrompe

La tersura de mi vientre escoltaba a la primavera

se desbordaron las caracolas en mis manos tan menudas

mi más alto halago pellizcó mi ventrículo

y ya no supe qué hacer con tanta luz en tanta sombra.



Me dijeron: “tu propia arma será tu propio castigo”

me escupieron en la cara todas mis propias virtudes en este

club no admitimos a chicas con los labios pintados de rojo

un maremoto sucio una usura de perversión que

no puede tener que ver con mi máscara de pestañas los

ratones subieron a mi cuarto ensuciaron los cajones de ropa blanca

litros de ferralla alquitrán acecho a escondidas litros

de control litros de difamadores kilos de suspicacias levantadas

sólo con la tensión del arco de mis cejas deberían maniatarte

adjudicarte una estampa gris y borrarte los trazos con ácido

¿renunciar a ser yo para ser una escritora?

demonizaron lo gentil y lo esbelto de mi cuello y el

modo en que nace el cabello en la parte baja de mi nuca en este

club no admiten a chicas que anden tan bien arregladas

Desconfiamos del verano

La belleza corrompe.

Mira bien si te compensa todo esto.
 

Yolanda Castaño. Profundidad de campo. 2009

dimecres, 2 de març de 2011

A una noche le llaman Carlos.

Pero estábamos allí

como heraldos de las nuevas olas

desechando los espejos y la memoria

¿recordabas la copa de los ojos de hada?


a veces quebrabas las líneas, y los dibujos animados de ayer

parecían ramos de ideas inconexas, había que apurar la lengua

drenar el sexo como hoja desgastada de ruta y aún los saltos de rana acústica

se tendían las miradas perdidas con islas de extremidades y tetas

¿puedes quemar la distancia con ansiedad en las alas?

el tobogan chupó las luces de tiza y niebla


pero todos estábamos allí

aguardando a que tu estrella se pareciese a tu fuerza

a que los cantos redondearan tus pasos escogidos y tu mirada, la infancia

caía deshuesando la carne exigua, el carnaval de pérdidas, te giro, te busca

y sonó que belen acampa en tu cenit trinchera

y alguien amasa la ternura, el homenaje rápido, la palabra "perfecto"

ya no es jirafa o hipopótamo o cable de alta tensión en la mesa voladora


he pensado que no, que el coraje y la inanición es cuanto cuenta

que más vale meter el hocico que esperar hibisco en el wc

y tú rompes una muralla, alzas un río con manos de hierba

y te ensanchas y creces y relees los poemas de verano del 99

madrugando pequeñas gemas arcanas, como un patriarca masturba en soledad su bandera


todos nosotros estábamos allí

queriéndote, anotando diamantes cada vez más cerca

celebrando que eres... eras la ardiente y valerosa piedra

la ruta agreste, la montaña nueva, el encantador de antella

que romero ajeno cobrabas nubes por cada lápiz de gorda punta

y valían el tiempo y la copa, la victoria y el ruido

todo te acababa, todo te necesitaba


que a una noche le llaman carlos

donde creo que se perdieron titubeos y serpientes de muda

y rostros conocidos o delitos de esponja

palabras que no sabían o no querían joder la belleza

y cogimos la autopista sur a la cueva húmeda

donde la inquietud habla por tu lengua y tu odio corrompe la guarida

moviéndose como ahora haces con duende, con violencia, con una sonrisa de hoy he ganado adentro mío pequeña puta lucera

y suena derramarse el aura líquida, el sabor salobre, el vello de sortijas


estuvimos allí

alex agitaba la lanza en el aire

pedro cosía la liana

victor había labrado su punta

nacho hablaba por ella

pero tú la empuñabas


una noche llamada carlos

donde como siempre sin una imagen clara

o una voz de hambre intentamos

en el valle húmedo, en los pechos maternos

ser una herida imposiblemente abierta


carlos una noche es una muerta

pero tu guerra siembra la incendia


Nacho Lillo. Novembre 2011.


dimarts, 1 de març de 2011

La calle.



Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

Octavio Paz.